domingo, 1 de septiembre de 2013

LA CASA DE AZUCAR. Reformular y expandir las palabras de Violeta que cita la profesora de canto.

  Yo se que ella me ha robado la vida. Invadió mi casa, y será parte y propietaria de todo lo que era mío. Se quedará con mi casa, mi marido, mi perro. El vestido de terciopelo no será para mí, sino para ella. No será a mí a quien abrase Daniel. Ya no veremos caer el sol en aquel puente. No será mi aroma el que huela, ni mis mejillas las que Daniel acaricie.
Ahora todo le pertenece a ella. Yo ya no puedo hacer nada. Ya no seré feliz como solía serlo.
  Solo espero que Daniel jamás me olvide.

Descripción del Horla

El Horla, que ahora sabía que jamás me dejaría solo, él era una figura que apenas podía verse.
Un cuerpo poco común, lo único que se distinguía con claridad eran sus ojos y sus manos. Los ojos eran tan brillantes que parecía que tenía dos luces en lugar de ojos. Sus manos tenían como escamas.
Hubiese preferido tener a un asesino antes que a él. Su cuerpo radiaba frío como si fuera a congelar la habitación. Como si estuviese nevando dentro de mí.

El Horla

  Cuando tuve a ese ser extraño frente a mí, sentí curiosamente un conjunto de emociones y sensaciones que jamás había sentido, mis emociones estaban mezcladas, alegría, angustia, frenesí, tranquilidad. Él clavó sus ojos en los míos, de inmediato sentí miedo, un miedo inexplicablemente extraño, un miedo que hizo que el alma y la sangre se me congele.
  Tal vez estaba soñando, quizás alucinaba, no lo sé, pero lo que sí sé, es que él estaba allí, él estaba siendo visto por mis ojos. Probablemente mañana no regrese, pero ¡Hoy! Hoy sería el día en que todo cambiaría, quisiera no decirlo, quisiera no pensarlo, pero él sería el que cambie esta realidad distorsionada.


Viaje hacia la soledad

Recuerdo aquella fría tarde de otoño, dónde sólo podía escuchar el sonido de las hojas chocar unas con otras. Sentía la fría brisa en mi cara. Era otra tarde donde me encontraba sólo en la plaza, sólo una vez más. La soledad volvía a atacar, la gente pasaba a mí alrededor y me esquivaban. Todos me ignoraban.
  Una mañana me encontraba abordando el tren para ir a trabajar, me había sentado en las escaleras porque los asientos se encontraban todos ocupados. Comencé a leer el diario, que por cierto alguien lo compró y se lo olvidó en el suelo. Las noticias me parecían aburridas, sin sentido alguno. Se me hacía difícil leer, no distinguía las letras, se movían cambiándose de lugar.
  Cuando me había empezado a preocupar por no poder leer una joven se acercó a mí, y con extraña timidez me preguntó la hora. Por alguna extraña razón ella se sentó a mi lado y comenzamos a charlar. Yo había observado que la gente nos miraba extrañamente pero no le di importancia. Ella me estaba haciendo sentir bien.
  Ambos veníamos disfrutando ese hermoso viaje, lo triste era saber que jamás nos volveríamos a ver, ya que ella era alguien que había cruzado en el tren casualmente, y que solo se había acercado hacia mí para preguntarme la hora.
  Cuando nuestra conversación terminó,  el silencio mutuo nos invadió, sólo podíamos escuchar el murmullo de los demás pasajeros, que yo no lograba entender lo que decían. Cuando voltié mi rostro, aprecié la hermosura de la joven. Parecía un ángel, era tan delicada y fina. Observé que miraba atentamente a las personas, y que me miraba a mí sorprendidamente.
  Cuando la estación en donde debía bajar comenzó a acercarse le dije que tenía que irme. Nos saludamos y ella me dijo que había sido un placer viajar conmigo. Intrigadamente preguntó mi nombre, le respondí que me llamaba Elias. Seguí mi rumbo y bajé del tren.
  Cuando me encontraba en la calle vi que había un revuelo de gente, todos juntos en forma de ronda, había una ambulancia. Entendí que se trataba de un accidente. Me acerqué hacia donde se encontraba la gente. Divisé en el suelo la mano de un hombre, luego su brazo, su torso y todo su cuerpo, no lograba ver su cara. Aquel hombre se encontraba tendido  en el suelo.
  No podía creer lo que mis ojos veían. Me acerqué a una señora que estaba en el tumulto  y escuché susurros  que decían que  el joven  había  sido atropellado por un auto  y que perdió la vida en el acto.
En ese preciso instante comprendí todo, comprendí porque la gente me ignoraba en la plaza, entendí porque los pasajeros miraban con caras raras a la joven que hablaba conmigo.
Me miré las manos y noté que no tenían color, que mi voz ya no se escuchaba y que mi alma fue esfumándose a medida que entendí que aquel hombre muerto en el suelo era yo.



Cuenta la historia de un famoso escritor que vivía en las turbias calles de Venecia. Donde hacía un tiempo se había cometido un gran crimen.
Éste escritor llamado Abelardo, se levantó una mañana con ganas de escribir una historia, basada en el crimen cometido. Él le daría vida a su personaje.
  Una tarde, tan tranquilo como todas las demás, José se encontraba viendo, en el puente de Venecia el gran ocaso. Solo se escuchaba el sonido del agua, cuando de pronto un gran barullo atormentó sus oídos. Sirenas de bomberos, policías, ambulancias, gritos llantos.
  José fue corriendo hasta el lugar de los hechos. Vio que en una casa que parecía abandonada, habían asesinado a una niña de sólo cinco años. Estaba salvajemente golpeada.
José no soportó ver esa escena y decidió irse a su casa.
  Una tarde mientras estaba tirado en el sillón, sólo, hundido en el silencio, alguien tocó la puerta con un golpe desesperado.
-¿José Gaona? Lo declaro culpable de asesinato y bajo arrestro por asesinar a una niña de cinco años- Dijo el comisario.
-Todas las pruebas lo culpan a usted. Tiene derecho a guardar silencio- El comisario sacó las esposas.
José sintió un conjunto de emociones que lo estaban ahogando. Todo se había descubierto, ya no había escapatoria, entró en estado de shock.
Sacó de su bolsillo un arma, asesinó al comisario y sus colegas.
José escapó y quedó prófugo. Nadie supo nada mas de él.
  Abelardo dejó su lápiz a un costado junto con sus hojas y se echó a dormir una siesta.


Reescribir un fragmento de 4 párrafos en donde a modo de un narrador en segunda persona se relate la vuelta de Luisilda a su casa.

  Nos hubiera hecho caso querida : los anteojos en la cartera, por las dudas, como le dijimos.
-¿Ahora que vá a hacer?-
-¡Vuelva a su casa!-
Camine las cuatro cuadras por Callao, ahora no es tan difícil, ya vino por aquí. Use la cabeza querida. Pídale a alguien que le ayude a cruzar.
  Tranquila ya estamos en la estación de subte. Tenga cuidado, el malon de gente la golpeará, espere a que abran las puertas y la gente suba, usted debe cuidarse, nadie lo hará por usted, no sea tonta. Vamos suba Luisilda. Acuérdese, ahora deberá contar seis estaciones. Agárrese del fierro que se encuentra al lado de la puerta, ese que apenas puede distinguir; la gente la arrastrara si usted no se aferra.
  Vamos, ya hay que bajar, o piensa quedarse a vivir aquí arriba. Siga a la gente Luisilda, la que se vé borrosa, y desfigurada. Las escaleras no están tan lejos, pero tenga cuidado, si tropieza quedará como una tonta. Agárrese de la baranda. Para algo está ¿No? Suba derecha, erguida, que la gente no note que tiene miedo.
  Ya está afuera, ya logró salir, ahora camine.
Recuerde que son dos cuadras. Camine ligero, vamos Luisilda. Deténgase en la esquina, cruce junto con la gente. Haga lo mismo en la próxima cuadra ¿Vió? No era tan difícil. Ahora ya esta en su casa.

Amor

Durante el principio de la travesía fuimos felices. Era nuestro viaje de bodas.
Un viaje único en el que millones de emociones invadían mi ser.
Con mi marido disfrutábamos de la melodía del mar y la calma que transmitía aquel atardecer.
Todo era perfecto.
Disfrutábamos mucho de este viaje, habíamos roto la rutina. Era emocionante, era nuestras primeras vacaciones juntos. No pensábamos en nuestro trabajo, no discutíamos por quien cocinaría hoy, no había nada que pueda hacernos mal.
Nos amábamos mucho, tan profundamente que sentíamos que el corazón se nos estallaría. 
Mientras mas nos alejábamos del ruido de la ciudad, mas entrabamos en armonía con nuestras almas.
Los días en aquel crucero tenían su rutina, pero nada agotador. Podíamos hacer lo que nosotros queríamos.
Teníamos quince días de viaje, ya que el crucero haria varias paradas en distintas costas.
Junto a nosotros viajaban otros pasajeros. Personas adineradas, familias de clase media. Muchachos solteros. Una pareja de lesbianas.
Ademas se encontraba el capitán  y sus acompañantes, un medico, Isaura , aquella extraña mujer que predecía el futuro, o por lo menos eso decía ella, siempre sentada en un rincón del barco.
Una mañana estaba viendo la tranquilidad del océano ,cuando note que a lo lejos se divisaba una gran porción de tierra. 
En cuestión de minutos u horas, no lo se, llegamos a costas mexicanas, donde alli arribaron nuevos pasajeros. Entre el montón pude distinguir un joven que me llamo mucho la atención.
Era todo un galán, vestía un lindo traje negro ,corbata y galera.
Clavo sus ojos en mi, no podíamos dejar de mirarnos.
Una vez abordados los pasajeros, retomamos viaje.
La noche había dominado el paisaje, la luna y las estrellas brillaban como luces encendidas, de tal manera que iluminaban el oscuro océano  Jamas había visto tal paisaje, parecía un sueño.
Cuando perdía mis ojos en el agua, sentí una mano fría en mi hombro, supe que no era mi marido, y al voltear vi que era él  era ese joven apuesto, aquel al que no le había podido sacar la vista de encima.
Con voz sensual y seductora me dijo un suave y cálido "Hola".
Su nombre era Ciro. Comenzamos a charlar y así las horas corrieron rápido  Le conté que iba a Estados Unidos de luna de miel. Él dijo que también iría allí pero a estudiar.
Cuando la larga conversación termino nos quedamos en silencio. Mirando el horizonte o intentando adivinar donde se encontraba.
De repente una luz comenzó a crecer de las profundidades de aquel agua, una luz que encandilaba nuestros ojos.
Comenzó a salir un ser extraño, un ser que se mantuvo flotando en el aire por unos segundos, solo se le veían sus ojos rojos, parecía enojado. Aquello que se encontraba en el aire sonrió y mostró sus dientes, que también brillaban. Mostró sus colmillos y desapareció repentinamente.
Ciro y yo nos miramos fijamente y cada uno fue a su respectiva habitación  Al despedirnos él me susurro al oído:
-Cada noche te esperare allí.
A la mañana siguiente cuando despierto veo que Emiliano, mi marido, ya no estaba en la cama. Me levante a desayunar, baje las escaleras y vi que él ya no estaba allí  en la cocina del crucero, desayunando.
-No me llamaste- le dije.
-Debes estar muy cansada.- Respondió Emiliano muy fríamente.
-¿Conoces a aquella mujer? La que predice el futuro- dijo él. 
Yo me sorprendí  tartamudié un poco y le dije que solo la conocía de vista. Le pregunte a que se debía su pregunta.
-Ella sabe- volvió a responder fríamente.
Se levanto de la mesa y fue al piso mas alto del crucero.
Ese día no había visto a Ciro. Era un favor si no lo veía , porque cuando lo tenia cerca mio, sabia que algo especial dentro de mi sucedía.
La noche volvió a caer y fui a ese lugar, donde había charlado con Ciro.
-Pensé que no vendrías- dijo él.
Yo solo sonreí  Luego de otras largas horas de charla, el silencio nos volvió a invadir, Ciro toco mi cabello y con sus frías manos toco mi rostro tibio. Me dijo lo bonita que me veía  y le conteste que él también se encontraba muy guapo.
Cada noche nos encontrábamos allí, y siempre el mismo ser extraño aparecía  nos miraba sonreía y se escondía, llevándose la luz.
Las emociones y sentimientos que tenia hacia Ciro crecían, me había enamorado. Pero sabia que esto era un amor pasajero.
Una noche mas, hablando con él, el agua volvió a iluminarse. salio ese ser , me miro fijo, abrió su boca mostró sus dientes y se avalanzo hacia mi, con toda su furia, me golpeo salvajemente la cara y me tiro al suelo.



El despertador sonó, voltié mi cabeza , vi a Emiliano allí, en la cama a mi lado.



-Jamás sabremos que se le cruzó por la mente para hacer algo así-
Dijo su madre con voz suave y triste, casi al punto del llanto.
Juana se acerca, abraza a la mujer y le dice:
-Mi mas sentido pésame-
Secándose las lágrimas y colocándose los lentes de sol.
De repente alguien golpea la puerta.....


Cada mañana, desde hacía cinco años, Samara se levantaba muy temprano para desayunar, bañarse, y luego ir a la facultad.
Siempre realizaba la misma rutina. Jamás la cambiaba.
Ella de niña había tenido una vida muy complicada y aterradora. Su padre era alcohólico, y golpeador. Eso había marcado la vida de la joven.
Jamás pudo superarlo, cada noche, soñaba con su pasado, con recuerdos que le habían quedado de la niñez. Cada noche los revivía, y eso hacia que Samara no llevara una buena vida. Su padre había fallecido cuando ella tenía once años, pero el odio y rencor por la mala vida que él le dió, nunca se fueron.
Una mañana, cansada de vivir atormentada por su pasado, perseguida por recuerdos que en su mente y cuerpo seguían vivos, tomó la decisión que haría cambiar la rutina.
Decidida Samara subió hasta la terraza del edificio donde vivía, observó el paisaje, inclinó su cabeza, admiró las flores, y se paró en la barandilla del séptimo piso, comenzó a llorar, y dejó caer su cuerpo al vacío, libremente.
Toda su familia, amigos, vecinos y conocidos se encontraron en el velorio de la joven.
Hundidos en la tristeza y angustia, cada ser manifestaba su duelo de formas diferentes.
Poco tiempo después llega Juana, la mejor amiga de Samara.
Tardó en acercarse a verla, dejó pasar unos segundos quedándose en un rincón de la sala.
-Jamás sabremos que se le cruzó por la mente para hacer algo así.-
Dijo su madre, con voz suave y triste, casi al punto del llanto
Juana se acerca, abraza a la mujer y le dice:
-Mi mas sentido pésame.-
Secándose las lágrimas y colocándose los anteojos de sol.
De repente alguien golpea la puerta.
Era un hombre casi calvo y de bigotes, anciano de ojos tristes. Su nombre era Esteban.
-¡Quiero ver a mi hija!-
Gritó desesperadamente.
Todas las personas que se encontraban en el lugar lo miraron sorprendidamente.
La madre de la joven rompió en llanto y confesó que el verdadero padre de Samara era Esteban, aquel hombre, y no ese que le había dado una mala infancia, por el cual ella decidió quitarse la vida.