domingo, 1 de septiembre de 2013

Viaje hacia la soledad

Recuerdo aquella fría tarde de otoño, dónde sólo podía escuchar el sonido de las hojas chocar unas con otras. Sentía la fría brisa en mi cara. Era otra tarde donde me encontraba sólo en la plaza, sólo una vez más. La soledad volvía a atacar, la gente pasaba a mí alrededor y me esquivaban. Todos me ignoraban.
  Una mañana me encontraba abordando el tren para ir a trabajar, me había sentado en las escaleras porque los asientos se encontraban todos ocupados. Comencé a leer el diario, que por cierto alguien lo compró y se lo olvidó en el suelo. Las noticias me parecían aburridas, sin sentido alguno. Se me hacía difícil leer, no distinguía las letras, se movían cambiándose de lugar.
  Cuando me había empezado a preocupar por no poder leer una joven se acercó a mí, y con extraña timidez me preguntó la hora. Por alguna extraña razón ella se sentó a mi lado y comenzamos a charlar. Yo había observado que la gente nos miraba extrañamente pero no le di importancia. Ella me estaba haciendo sentir bien.
  Ambos veníamos disfrutando ese hermoso viaje, lo triste era saber que jamás nos volveríamos a ver, ya que ella era alguien que había cruzado en el tren casualmente, y que solo se había acercado hacia mí para preguntarme la hora.
  Cuando nuestra conversación terminó,  el silencio mutuo nos invadió, sólo podíamos escuchar el murmullo de los demás pasajeros, que yo no lograba entender lo que decían. Cuando voltié mi rostro, aprecié la hermosura de la joven. Parecía un ángel, era tan delicada y fina. Observé que miraba atentamente a las personas, y que me miraba a mí sorprendidamente.
  Cuando la estación en donde debía bajar comenzó a acercarse le dije que tenía que irme. Nos saludamos y ella me dijo que había sido un placer viajar conmigo. Intrigadamente preguntó mi nombre, le respondí que me llamaba Elias. Seguí mi rumbo y bajé del tren.
  Cuando me encontraba en la calle vi que había un revuelo de gente, todos juntos en forma de ronda, había una ambulancia. Entendí que se trataba de un accidente. Me acerqué hacia donde se encontraba la gente. Divisé en el suelo la mano de un hombre, luego su brazo, su torso y todo su cuerpo, no lograba ver su cara. Aquel hombre se encontraba tendido  en el suelo.
  No podía creer lo que mis ojos veían. Me acerqué a una señora que estaba en el tumulto  y escuché susurros  que decían que  el joven  había  sido atropellado por un auto  y que perdió la vida en el acto.
En ese preciso instante comprendí todo, comprendí porque la gente me ignoraba en la plaza, entendí porque los pasajeros miraban con caras raras a la joven que hablaba conmigo.
Me miré las manos y noté que no tenían color, que mi voz ya no se escuchaba y que mi alma fue esfumándose a medida que entendí que aquel hombre muerto en el suelo era yo.



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